Os dejamos un corto basado en la novela corta que el escritor británico Charles Dickens publicó por primera vez en 1843 En ella se presenta la historia de Ebenezer Scrooge, un viejo avaricioso y ruin que además de no dar dinero a los pobres hace trabajar sin descanso a su ayudante Bob Cratchit. Una noche a Scrooge le visita el fantasma de su antiguo socio, Jacobo Marley, quien le alerta de que por sus maldades, al igual que le sucede a él, acabará arrastrando unas pesadas cadenas por toda la eternidad y le avisa de que esa misma noche le visitarán tres espíritus (el del presente, el pasado y el futuro) a los que debe escuchar antes de que sea demasiado tarde.
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martes, 22 de diciembre de 2015
jueves, 17 de diciembre de 2015
miércoles, 8 de julio de 2015
Lectura
La pequeña granja y la vaca
Un filósofo paseaba por un bosque con un discípulo conversando sobre la importancia de los encuentros inesperados. Según el maestro, todo lo que está delante de nosotros nos ofrece una oportunidad de aprender o enseñar.
En este momento cruzaban el portal de una granja que, aunque muy bien situada en un hermoso paraje, tenía una apariencia miserable.
Llamaron a la puerta y fueron recibidos por los moradores: un matrimonio y tres hijos, con las ropas sucias y rotas.
- Usted está en medio de este bosque y no hay ningún comercio en los alrededores- dijo el maestro al padre de familia - ¿Cómo sobreviven aquí? - Y el hombre, calmadamente respondió: - Amigo mío, tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte de ese producto la vendemos o la cambiamos en la ciudad vecina por otros tipos de alimento: con la otra parte producimos queso, cuajada y mantequilla para nuestro consumo. Y así vamos sobreviviendo -
El filósofo agradeció la información, contempló el lugar durante algunos instantes y se marchó, En mitad del camino dijo al discípulo:
- Busca esa vaca, llévala hasta ese precipicio que tenemos enfrente y tírala abajo. -
- ¡Pero si es el único medio de sustento de aquella familia! -
El filósofo permaneció mudo. Sin otra alternativa, el muchacho hizo lo que le habían ordenado y la vaca murió en la caída.
La escena quedó grabada en su memoria. Pasados muchos años, cuando ya era un exitoso empresario, decidió volver al mismo lugar, confesar todo a la familia, pedirles perdón y ayudarlos económicamente.
Cuál no fue su sorpresa al ver el lugar transformado en una bella finca, con árboles floridos, coche en el porche y algunos niños jugando en el jardín. Se desesperó al pensar que aquella humilde familia había tenido que vender la propiedad para sobrevivir. Apresuró el paso y fue recibido por un casero muy simpático.
¿A dónde fue la familia que vivía aquí hace diez años?. Preguntó. Continúan siendo los dueños, fue la respuesta. Asombrado, entró corriendo en la casa, y el propietario lo reconoció. Le preguntó cómo estaba el filósofo, pero el joven estaba ansioso por saber cómo había conseguido mejorar la granja y situarse tan bien en la vida:
Bien, nosotros teníamos una vaca, pero se cayó al precipicio y murió, dijo el hombre. Entonces, para mantener a mi familia, tuve que plantar verduras y legumbres. Las plantas tardaban en crecer, así que comencé a cortar madera para su venta. Al hacer esto, tuve que replantar los árboles, y necesité comprar semilla. Al comprarlas, me acordé de las ropas de mis hijos y pensé que tal vez podía cultivar algodón. Pasé un año difícil, pero cuando la cosecha llegó, yo ya estaba exportando legumbres, algodón, y hierbas aromáticas. Nunca me había dado cuenta de todo mi potencial aquí.
¡Fue una suerte que aquella vaca muriera!
Paulo Coelho
martes, 2 de junio de 2015
La tristeza y la furia
En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde
los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas.
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas.
Había una vez... un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los
colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban
permanentemente...
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose
mutua compañía, la tristeza y la furia.
Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se
bañó rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua...
Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así
que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró...
Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza...
Y así vestida de tristeza, la furia se fue.
Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar
donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho, sin
conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al
desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de
la furia.
Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia,
ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien,
encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del
disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza.
J. Bucay
J. Bucay
viernes, 15 de mayo de 2015
Lectura
LA OLLA EMBARAZADA
Un señor le pidió una tarde a su vecino una olla prestada. El dueño de la olla no era demasiado solidario, pero se sintió obligado a prestarla. A los cuatro días, la olla no había sido devuelta, así que, con la excusa de necesitarla fue a pedirle a su vecino que se la devolviera.
—Casualmente, iba para su casa a devolverla... ¡el parto fue tan difícil!
— ¿Qué parto?
— El de la olla.
— ¿Qué?!
— Ah, ¿usted no sabía? La olla estaba embarazada.
— ¿Embarazada?
— Sí, y esa misma noche tuvo familia, así que debió hacer reposo pero ya está recuperada.
— ¿Reposo?
— Sí. Un segundo por favor –y entrando en su casa trajo la olla, un jarrito y una sartén.
— Esto no es mío, sólo la olla.
— No, es suyo, esta es la cría de la olla. Si la olla es suya, la cría también es suya.
“Este está realmente loco”, pensó, “pero mejor que le siga la corriente”.
— Bueno, gracias.
— De nada, adiós.
— Adiós, adiós.
Y el hombre marchó a su casa con el jarrito, la sartén y la olla. Esa tarde, el vecino otra vez le tocó el timbre.
—Vecino, ¿no me prestaría el destornillador y la pinza? ...Ahora se sentía más obligado que antes.
—Sí, claro.
Fue hasta adentro y volvió con la pinza y el destornillador. Pasó casi una semana y cuando ya planeaba ir a recuperar sus cosas, el vecino le tocó la puerta.
— Ay, vecino ¿usted sabía?
— ¿Sabía qué cosa?
— Que su destornillador y la pinza son pareja.
— ¡No! –dijo el otro con ojos desorbitados— no sabía.
—Mire, fue un descuido mío, por un ratito los dejé solos, y ya la embarazó.
— ¿A la pinza?
— ¡A la pinza!... Le traje la cría –y abriendo una canastita entregó algunos tornillos, tuercas y clavos que dijo había parido la pinza.
“Totalmente loco”, pensó. Pero los clavos y los tornillos siempre venían bien.
Pasaron dos días. El vecino pedigüeño apareció de nuevo.
— He notado –le dijo— el otro día, cuando le traje la pinza, que usted tiene sobre su mesa una hermosa ánfora de oro. ¿No sería tan gentil de prestármela por una noche? Al dueño del ánfora le tintinearon los ojitos.
— Cómo no –dijo, en generosa actitud, y entró a su casa volviendo con el ánfora pedida.
—Gracias, vecino.
—Adiós.
—Adiós.
Pasó esa noche y la siguiente y el dueño del ánfora no se animaba a golpearle al vecino para pedírsela. Sin embargo, a la semana, su ansiedad no aguantó y fue a reclamarle el ánfora a su vecino.
— ¿El ánfora? –dijo el vecino – Ah, ¿no se enteró?
— ¿De qué?
— Murió en el parto.
— ¿Cómo que murió en el parto?
— Sí, el ánfora estaba embarazada y durante el parto, murió.
— Dígame ¿usted se cree que soy estúpido? ¿Cómo va a estar embarazada un ánfora de oro?
— Mire, vecino, si usted aceptó el embarazo y el parto de la olla. El casamiento y la cría del destornillador y la pinza, ¿por qué no habría de aceptar el embarazo y la muerte del ánfora?
Jorge Bucay
Un señor le pidió una tarde a su vecino una olla prestada. El dueño de la olla no era demasiado solidario, pero se sintió obligado a prestarla. A los cuatro días, la olla no había sido devuelta, así que, con la excusa de necesitarla fue a pedirle a su vecino que se la devolviera.
—Casualmente, iba para su casa a devolverla... ¡el parto fue tan difícil!
— ¿Qué parto?
— El de la olla.
— ¿Qué?!
— Ah, ¿usted no sabía? La olla estaba embarazada.
— ¿Embarazada?
— Sí, y esa misma noche tuvo familia, así que debió hacer reposo pero ya está recuperada.
— ¿Reposo?
— Sí. Un segundo por favor –y entrando en su casa trajo la olla, un jarrito y una sartén.
— Esto no es mío, sólo la olla.
— No, es suyo, esta es la cría de la olla. Si la olla es suya, la cría también es suya.
“Este está realmente loco”, pensó, “pero mejor que le siga la corriente”.
— Bueno, gracias.
— De nada, adiós.
— Adiós, adiós.
Y el hombre marchó a su casa con el jarrito, la sartén y la olla. Esa tarde, el vecino otra vez le tocó el timbre.
—Vecino, ¿no me prestaría el destornillador y la pinza? ...Ahora se sentía más obligado que antes.
—Sí, claro.
Fue hasta adentro y volvió con la pinza y el destornillador. Pasó casi una semana y cuando ya planeaba ir a recuperar sus cosas, el vecino le tocó la puerta.
— Ay, vecino ¿usted sabía?
— ¿Sabía qué cosa?
— Que su destornillador y la pinza son pareja.
— ¡No! –dijo el otro con ojos desorbitados— no sabía.
—Mire, fue un descuido mío, por un ratito los dejé solos, y ya la embarazó.
— ¿A la pinza?
— ¡A la pinza!... Le traje la cría –y abriendo una canastita entregó algunos tornillos, tuercas y clavos que dijo había parido la pinza.
“Totalmente loco”, pensó. Pero los clavos y los tornillos siempre venían bien.
Pasaron dos días. El vecino pedigüeño apareció de nuevo.
— He notado –le dijo— el otro día, cuando le traje la pinza, que usted tiene sobre su mesa una hermosa ánfora de oro. ¿No sería tan gentil de prestármela por una noche? Al dueño del ánfora le tintinearon los ojitos.
— Cómo no –dijo, en generosa actitud, y entró a su casa volviendo con el ánfora pedida.
—Gracias, vecino.
—Adiós.
—Adiós.
Pasó esa noche y la siguiente y el dueño del ánfora no se animaba a golpearle al vecino para pedírsela. Sin embargo, a la semana, su ansiedad no aguantó y fue a reclamarle el ánfora a su vecino.
— ¿El ánfora? –dijo el vecino – Ah, ¿no se enteró?
— ¿De qué?
— Murió en el parto.
— ¿Cómo que murió en el parto?
— Sí, el ánfora estaba embarazada y durante el parto, murió.
— Dígame ¿usted se cree que soy estúpido? ¿Cómo va a estar embarazada un ánfora de oro?
— Mire, vecino, si usted aceptó el embarazo y el parto de la olla. El casamiento y la cría del destornillador y la pinza, ¿por qué no habría de aceptar el embarazo y la muerte del ánfora?
Jorge Bucay
martes, 12 de mayo de 2015
Lectura
EL CAMELLO ROBADO.
Un sabio anciano iba caminando solo por el desierto. Marchaba lentamente, contemplando el camino. De cuando en cuando se detenía, observaba el terreno y movía la cabeza como respondiendo a un pensamiento. Vio entonces, a lo lejos, dos figuras que se acercaban y se detuvo a esperarlas. Eran dos hombres que daban muestras de inquietud. Antes de que pudieran hablarle, el sabio les preguntó:
-¿Habéis perdido un camello?
-Sí, ¿Cómo lo sabes? –dijeron ello, extrañados.
-¿Es un camello tuerto del ojo derecho y que cojea de la pata delantera izquierda? –insistió el sabio.
-En efecto.
-¿Es un camello al que le falta un diente y lleva un cargamento de miel y de maíz?
-¡Sí! ¡Ése es nuestro camello! Pronto, buen anciano, dinos dónde está.
-No lo sé –respondió el anciano-, y no he visto en mi vida ese camello ni he oído hablar de él antes de ahora.
Los dos hombres montaron en cólera. ¿Cómo podía aquel viejo decir que no había visto el camello cuando lo había descrito tan minuciosa y exactamente? Tal vez él mismo lo había robado y ahora quería burlarse de ellos.
Sin pensarlo más lo amarraron y lo llevaron ante el juez. Tras haber oído lo que exponían los mercaderes, el juez preguntó al sabio:
-Anciano, ¿te declaras culpable del robo del camello?
- De ninguna manera, señor; yo no he robado nada.
-¿Cómo puedes explicar, entonces, que conocieras tan bien todas las características del camello y hasta su carga, si, como dices, no lo has visto?
-Sencillamente, fijándome en lo que veo y analizándolo con un poco de sentido común. Verá: hace unas horas advertí en el suelo las huellas de un camello; como junto a ellas no había pisadas humanas, comprendí que el camello se había extraviado. Deduje que el animal era tuerto del ojo derecho porque la hierba aparecía intacta de ese lado cuando la parte izquierda estaba comida. Supe que cojeaba porque la huella del pie delantero izquierdo era mucho más débil que las otras.
-Me parece muy ingenioso –observó, interesado, el juez.
-Luego vi que entre la hierba mordida quedaban siempre unas briznas sin cortar –dijo el sabio-, por lo que deduje que al animal le faltaba un diente. En cuanto a la carga, vi que unas hormigas arrastraban unos granos de maíz, mientras que varias moscas se afanaban en torno a unas gotas de miel que había en el suelo.
-Verdaderamente, eres un hombre sabio –dijo el juez- y veo que dices la verdad. ¿Qué pensáis vosotros? –añadió dirigiéndose a los mercaderes.
Los dos hombres reconocieron que el viejo era inocente y, tras pedirle disculpas por sus sospechas, se fueron, admirados por tanta discreción.
Cuento popular
Un sabio anciano iba caminando solo por el desierto. Marchaba lentamente, contemplando el camino. De cuando en cuando se detenía, observaba el terreno y movía la cabeza como respondiendo a un pensamiento. Vio entonces, a lo lejos, dos figuras que se acercaban y se detuvo a esperarlas. Eran dos hombres que daban muestras de inquietud. Antes de que pudieran hablarle, el sabio les preguntó:
-¿Habéis perdido un camello?
-Sí, ¿Cómo lo sabes? –dijeron ello, extrañados.
-¿Es un camello tuerto del ojo derecho y que cojea de la pata delantera izquierda? –insistió el sabio.
-En efecto.
-¿Es un camello al que le falta un diente y lleva un cargamento de miel y de maíz?
-¡Sí! ¡Ése es nuestro camello! Pronto, buen anciano, dinos dónde está.
-No lo sé –respondió el anciano-, y no he visto en mi vida ese camello ni he oído hablar de él antes de ahora.
Los dos hombres montaron en cólera. ¿Cómo podía aquel viejo decir que no había visto el camello cuando lo había descrito tan minuciosa y exactamente? Tal vez él mismo lo había robado y ahora quería burlarse de ellos.
Sin pensarlo más lo amarraron y lo llevaron ante el juez. Tras haber oído lo que exponían los mercaderes, el juez preguntó al sabio:
-Anciano, ¿te declaras culpable del robo del camello?
- De ninguna manera, señor; yo no he robado nada.
-¿Cómo puedes explicar, entonces, que conocieras tan bien todas las características del camello y hasta su carga, si, como dices, no lo has visto?
-Sencillamente, fijándome en lo que veo y analizándolo con un poco de sentido común. Verá: hace unas horas advertí en el suelo las huellas de un camello; como junto a ellas no había pisadas humanas, comprendí que el camello se había extraviado. Deduje que el animal era tuerto del ojo derecho porque la hierba aparecía intacta de ese lado cuando la parte izquierda estaba comida. Supe que cojeaba porque la huella del pie delantero izquierdo era mucho más débil que las otras.
-Me parece muy ingenioso –observó, interesado, el juez.
-Luego vi que entre la hierba mordida quedaban siempre unas briznas sin cortar –dijo el sabio-, por lo que deduje que al animal le faltaba un diente. En cuanto a la carga, vi que unas hormigas arrastraban unos granos de maíz, mientras que varias moscas se afanaban en torno a unas gotas de miel que había en el suelo.
-Verdaderamente, eres un hombre sabio –dijo el juez- y veo que dices la verdad. ¿Qué pensáis vosotros? –añadió dirigiéndose a los mercaderes.
Los dos hombres reconocieron que el viejo era inocente y, tras pedirle disculpas por sus sospechas, se fueron, admirados por tanta discreción.
Cuento popular
martes, 5 de mayo de 2015
Lectura
¡El árbol de los pañuelos!
Manolo andaba lentamente por las calles de la ciudad. A menudo miraba atrás por si alguien le seguía.
Tenía miedo de todo, de encontrarse con algún conocido, con la policía o con algún ladrón. Se encontraba mal y tenía frío. Diciembre avanzaba y pronto llegaría Navidad.
¿Qué podía hacer? En el bolsillo no tenía ni un duro, había entrado en un restaurante para ofrecerse de lavaplatos a cambio de un plato de comida, pero cuando lo vieron con el pelo sucio y la barba sin afeitar le dijeron que no lo necesitaban.
Manolo llegó a la ciudad con mucho dinero, pensó que no se le acabaría nunca y se lo gastaba sin control. No le faltaban amigos, pero cuando le vieron sin nada y medio enfermo le dieron la espalda. Cada día pensaba alguna manera para conseguir dinero de los demás.
Recordaba a sus padres y hermanos. ¡Qué felices deberían estar en su pueblo! Pero él los había ignorado desde que llegó a la ciudad. ¿Lo recibirían si se lo pedía? Todo el dinero que le habían dado para que estudiara, Manolo lo había malgastado. Nunca les había enviado ni una carta.
¿Una carta? A Manolo se le ocurrió una idea: les escribiría, les diría cómo vivía y que dormía en la calle... Pero seguro que lo perdonarían.
El padre de Manolo volvía rendido del campo. Ya empezaba a notar los años y se cansaba mucho. Su mujer, en la cocina, preparaba la cena. Al rato llegaron los hijos a casa.
-“Papá ha llegado esta carta para ti.” –dijo Cristian.
El padre se sentó, abrió la carta y empezó a leerla. A mitad de la lectura levantó los ojos y mirando hacia la cocina, quiso llamar a su mujer, pero las palabras no le salían de la boca:
-“Isabel... Isabel...”
Su mujer y los hijos acudieron sorprendidos para ver qué pasaba.
-“Qué pasa?” –preguntó Isabel al ver a su marido tan agitado.
-“Manolo... Esta carta de Manolo. Léela en voz alta, Cristian.”
-“Queridos padres y hermanos: os pido perdón por todos los disgustos que os he dado, por el olvido que he tenido hacia vosotros, por no haber cumplido ni un solo día mi obligación de estudiante, por haber malgastado todo el dinero que me disteis para conseguir un buen futuro. Estoy enfermo, sin dinero y nadie cree en mí...”
Cristian dejó de leer, miró por la ventana y vio que los árboles no tenían hojas, hacía frío y el cielo anunciaba una buena nevada. Volvió la mirada hacia la carta y siguió la lectura:
“Si vosotros me perdonáis y estáis dispuestos a acogerme, poned un pañuelo blanco en el árbol que hay entre la casa y la vía del tren. Yo pasaré la víspera de Navidad en el tren. Si veo el pañuelo en el árbol, bajaré e iré hacia casa. Si no, lo entenderé y continuaré el viaje.”
A medida que el tren se acercaba a su pueblo, Manolo se ponía nervioso. ¿Estaría colgado el pañuelo en el árbol? ¿Le perdonarían sus padres? ¿Y sus hermanos? Pronto lo sabría ya que antes de diez minutos el tren pararía en la estación de su pueblo. El tren pasó rápido por delante del árbol pero Manolo lo vio. ¡Estaba lleno de pañuelos blancos que sus padres y hermanos habían atado al árbol! El tren se paró, Manolo agarró su mochila y bajó deprisa. En el andén, bien abrigados, porque estaba nevando, estaba toda la familia.
Aquella Navidad fue muy diferente en el corazón de cada uno de ellos. Habían sabido perdonar y
recuperaban el hijo perdido.
domingo, 5 de abril de 2015
lunes, 23 de marzo de 2015
viernes, 20 de marzo de 2015
lunes, 9 de marzo de 2015
domingo, 8 de febrero de 2015
viernes, 6 de febrero de 2015
Cuéntame un cuento
Os dejamos el enlace al blog "Cuéntame un cuento", en la que podemos acceder a distintos textos. Para visitarlo pincha en la siguiente imagen. Este mismo enlace se pondrá también en el apartado "Cuentos" de nuestro blog.
lunes, 19 de enero de 2015
lunes, 5 de enero de 2015
sábado, 27 de diciembre de 2014
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